14 de mayo de 2014

Relato el sueño que irrumpe:
disfruto la fortuna, dispongo del privilegio de la despedida.
Aparece, le acaricio la mano, ella besa mi mejilla
y su sonrisa está más triste que nunca.
Enuncio lo pretendido,
expreso las fórmulas
sin intención de resolverlas,
ya no hay tiempo.
Me armé con esfuerzo y entoné:
“Eres la causa más bonita que detiene
el mundo cada vez que te miro.
En tus brazos adivino el hogar,
tus pupilas representan el porvenir
y me siento tan boyante
que hasta fantaseo con permanecer allí.
(Pero no lo pretendo, ya lo sabes)
Deseo que tus alas cobren tanta fuerza
que sean indestructibles,
ambiciono tu vuelo,
espero advertirlo, desde lejos,
en el cielo azul o rojo o de todos los colores
donde los pájaros juegan
sin importarles los demás.
No desatiendas tu naturaleza,
de vez en cuando es apetecible
posar en algún alféizar a recuperar energía.
Con esto no reivindico insistencia,
quizá ya lo seas,
quizá nunca llegue el día,
pero no lo olvides:
yo te quiero libre”.

Qué pena necesitar la inminencia de la muerte
para ejercer tal enunciación.

4 comentarios:

Darío dijo...

Será la muerte el motor de todo deseo?

Sandra Garrido dijo...

El sueño casi se atrapa en la mejilla, y no sé si la muerte lo ejerce, pero lo que estoy segura es que tus letras le dan vida.

Besos

Juan Antonio B. dijo...

Morir tantas veces como lo exija el guión.

martina dijo...

Te abrazo intenso.

:)