Ardo,
es hora de incinerar la amargura
mientras
la velo con mi llanto.
Viene
la pena
a
golpear por dentro el ritmo exigido,
me
pesan los ojos: lloran sin querer,
han
perdido las ganas de vivir viviendo.
Estaba
en un rincón. Serena, sin sonrisa,
casi
triste, llevando la pena detrás de los absurdos límites
de
la podrida carne de los días.
Me siento cada vez más ligera
como un recipiente que se vacía.
He llegado al odio más inútil
entre cuatro paredes vidriadas de silencio.
Y allí, recuerdo: nacer es comenzar a morir,
pero yo no le temo.
Nada puede temer quien nada tiene,
quien nada espera tener:
apenas tiempo,
tiempo que se detiene
creando los silencios más absolutos
estallando el vacío.
Hay días que se parecen a una casa en ruinas
en los que aprendo a no pedir nada,
en los que me pierdo y no sé qué hacer con lo que voy
descubriendo.
Duele envejecer, el paso del tiempo,
pero más difícil resulta comprender que se ama
solamente aquello que envejece.
No hay nada más aterrador
que estar frente a frente con el paso del tiempo
en una cárcel, en una celda, en prisión
o en un camino equivocado
donde el silencio es tanto,
que se oye cómo pasa.
Es sólo tiempo que pesa sobre nuestras manos,
es sólo tiempo y no es material.
Yo camino, sin prisas,
contando los pasos que voy dando
mientras voceo: “los días son largos, pero la vida es corta”
Sé muy bien lo
que deseo: quiero lo no concluido
pero no lo que
necesito.
El tiempo que
ha dolido el ser lo que ahora eres,
y esa muerte
que ha venido a remplazar la herida.
Dicen que los
muertos dan asco,
pero ser viejo
es peor que la muerte.
Lo articularé:
mi destino es esperar en la puerta mientras otros pasan.